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‘A VUELA PLUMA’: EL PRECIO DE LA LÍNEA… ¿LIBERTAD DE PRENSA O TARIFA PLANA?

En el vibrante ecosistema mediático actual, la independencia informativa ha dejado de ser un valor ético para convertirse en una variable matemática de precisión suiza. La fórmula es sencilla, la verticalidad de la columna vertebral de un director de medios es inversamente proporcional al número de ceros que figuran en el contrato de publicidad institucional. Si el cheque es generoso, el ángulo crítico desaparece hasta quedar en una horizontalidad perfecta, ideal para que el político de turno pase por encima sin despeinarse.

Lo que antes llamábamos «rigor» ha mutado en una función de tesorería. A mayor lluvia de subvenciones al «medio amigo», menor es la capacidad visual del periodista para detectar el escándalo o el nepotismo. No es que el periodismo esté ciego; es que ha descubierto que las gafas de sol de marca compradas con dinero público quitan mucho brillo a la realidad.

El gran truco de magia del poder local no es que los medios hablen bien de ellos —eso ya nadie se lo cree ni con tres copas de más—. El verdadero arte reside en la compra del silencio administrativo. Se riegan las redacciones con fondos para que, simplemente, dejen de preguntar. Es la mutación del cronista en una extensión de las Relaciones Públicas, donde las investigaciones se archivan en la papelera de «colaboración institucional».

En este mercado de abastos, la fiscalización no se ejerce, se alquila. Y el político no busca un columnista, busca un anestesista que mantenga a la opinión pública bien dormidita mientras le vacían el bolsillo.

En escenarios como el de la actualidad en Telde, la decadencia alcanza niveles de opereta. No importa el color de la sigla que ostente el bastón de mando; parece que el bastón viene con una suscripción obligatoria al medio de cabecera. Es un ciclo tan predecible que aburre.

El medio actúa como un león rabioso, triturando la imagen de quien gobierna. El político, aterrorizado, llega al poder. El león recibe su «hueso presupuestario» y, ¡milagro!, se transforma en un gatito domesticado que solo sabe lamer la mano que le extiende el decreto de subvención.

Este miedo reverencial de los líderes locales es casi patológico. Prefieren comprar la paz social con el dinero de todos que enfrentarse al mercenario de la pluma. Al final, no gobiernan para el ciudadano, sino para el editor, ese «señor de la guerra» con rotativas que decide quién es un santo y quién un demonio según el saldo de su cuenta corriente.

Pero el presupuesto no solo compra el silencio; también compra la artillería. La segunda cara de esta moneda es el uso de medios «asueldados» como herramientas de demolición. Aquí la financiación no es un bozal, es combustible para el odio. Se mantienen estructuras mediáticas que no informan, sino que ejecutan estrategias de acoso y derribo financiadas con tus impuestos.

Es el periodismo convertido en un «brazo armado» para guerras intestinas, donde el titular es un proyectil diseñado para destruir al adversario o, peor aún, para el amigo que te sostiene en el poder. La independencia es hoy un concepto lineal, dime cuánto me pagas y te diré a quién tengo que fusilar hoy en la editorial.

La democracia exige un contrapeso, pero el león guardián actual está demasiado ocupado saboreando el chuletón que le lanza el alcalde de turno como para rugir. El ciudadano, que ya no chupa el dedo, observa con un cinismo creciente cómo los titulares que lee son, en realidad, escudos pagados con su propio IBI.

Si usted no está dispuesto a pagar por información real, no se preocupe, el político lo hará por usted con sus propios impuestos. Pero no espere que le informen; espere que le manufacturen una obediencia a medida.

Un medio que subasta su línea editorial no es prensa; es propaganda con tipografía elegante y un precio de salida bastante ordinario.

Al final, descubriremos que, en esta subasta de la verdad, lo único que no tenía precio era nuestra propia libertad, y la hemos vendido por un puñado de anuncios de «visite nuestro municipio y disfrute de la fiesta».

Domingo Calderin (El Guirre)

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