Ad Space

«CUANDO UNA NACIÓN HONRA A SU PATRONA Y RECUERDA A QUIENES HAN ENTREGADO SU VIDA POR PROTEGERLA»

Cada 12 de octubre España celebra una de sus fechas más significativas. Es el Día de la Fiesta Nacional, una jornada que trasciende ideologías, generaciones y circunstancias políticas para recordar aquello que nos une como pueblo: nuestra historia, nuestra cultura y el legado común que hemos heredado de quienes nos precedieron.

Coincide además con la festividad de la Virgen del Pilar, patrona de la Hispanidad y de la Guardia Civil, una advocación mariana profundamente arraigada en el alma colectiva de España.

 Para millones de españoles, creyentes o no, el Pilar representa valores que han acompañado a nuestro país durante siglos; fortaleza ante la adversidad, esperanza en los momentos difíciles y compromiso con el deber.

No es casualidad que precisamente la Guardia Civil la tenga por patrona.

Desde su fundación en 1844, el Instituto Armado ha escrito algunas de las páginas más nobles del servicio público en España. A menudo lejos de los focos y del reconocimiento mediático, miles de guardias civiles han velado por la seguridad de los ciudadanos en carreteras, costas, montañas, fronteras y pueblos de toda la geografía nacional.

Muchos han entregado incluso su propia vida en cumplimiento de su deber. Otros han afrontado durante décadas la amenaza del terrorismo, la lucha contra el narcotráfico, el crimen organizado o las situaciones de emergencia que han golpeado nuestro país. Por ello, el 12 de octubre también debe ser una jornada de gratitud hacia quienes continúan sirviendo bajo el lema que mejor resume el espíritu del cuerpo: «El honor es mi divisa».

Pero más allá de los actos oficiales, de los desfiles y de las condecoraciones, existen pequeñas historias anónimas que ayudan a comprender por qué determinadas tradiciones permanecen vivas generación tras generación. Historias familiares que sobreviven al paso del tiempo y que terminan formando parte de la identidad de quienes las heredan.

En mi caso, cada vez que llega el Día del Pilar no puedo evitar recordar una antigua historia transmitida de padres a hijos dentro de mi familia, porque «Nadie muere del todo mientras alguien siga contando su historia.»

 

Durante la Guerra de la Independencia contra las tropas napoleónicas, un antepasado mío, comandante del Ejército español y padre de quien más tarde sería mi bisabuela Pilar, recibió la misión de defender un pequeño pueblo del avance francés.

La resistencia fue tan heroica como desesperada. Durante días, la artillería enemiga castigó sin descanso las posiciones españolas. Los cañones franceses acabaron reduciendo prácticamente a escombros cuanto encontraban a su paso. Casas, edificios y calles fueron cayendo bajo el fuego constante del invasor.

Cuando la situación se volvió insostenible y la defensa militar ya resultaba imposible, mi antepasado Jusef Azofofra Echevarria, tomó una decisión que marcaría para siempre la memoria de nuestra familia. Reunió a los ancianos, mujeres, enfermos y niños que aún permanecían con vida y los condujo al sótano de una iglesia prácticamente destruida por los bombardeos.

Allí, entre los restos del templo, permanecía una imagen de la Virgen del Pilar.

Aquel oficial, consciente de la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros y convencido de que ya nada humano podía hacer para proteger a aquellas personas, se encomendó a la Virgen del Pilar y le pidió amparo para todos los refugiados.

Lo que ocurrió después forma parte del relato familiar que ha llegado hasta nuestros días.

Durante tres interminables jornadas continuó el bombardeo. Cuando finalmente los franceses consideraron arrasado el pueblo y prosiguieron su avance, ignoraban que bajo los escombros de aquella iglesia permanecían ocultos cerca de ochenta españoles entre mujeres, ancianos y niños.

Nadie los descubrió. Nadie los denunció. Nadie descendió a aquel refugio improvisado.

Permanecieron allí hasta la llegada de las tropas liberadoras, momento en el que pudieron abandonar su escondite y reencontrarse con la libertad.

Mi antepasado siempre sostuvo que aquella supervivencia no podía explicarse únicamente por la casualidad. Estaba convencido de que la protección que había implorado a la Virgen del Pilar había sido escuchada.

Y por ello formuló una promesa.

Prometió que, en agradecimiento, las primeras hijas de cada generación de su familia llevarían el nombre de Pilar.

Han pasado más de dos siglos desde entonces, han cambiado gobiernos, fronteras, costumbres y formas de entender la vida. España ya no es la misma que conoció aquel comandante herido durante la guerra. Sin embargo, la promesa continúa viva.

Por la rama paterna de mi familia han seguido naciendo «Pilares» generación tras generación. Mi propia bisabuela, nacida años después en Santiago de Cuba, donde aquel militar fue destinado como juez tras quedar inutilizado para el servicio activo a consecuencia de una herida sufrida durante la defensa del pueblo, llevó también ese nombre.

Nosotros la conocíamos cariñosamente como «Mamá Pilar, La Cubana».

Y así, entre recuerdos, relatos heredados y cariño familiar, hemos mantenido viva una promesa que nació entre los escombros de una guerra y la esperanza de un puñado de españoles que se negaban a rendirse ante la adversidad, porque la Virgen del Pilar no quería ser francesa, sino capitana del glorioso ejército español, el mismo que vencía y consiguió expulsar al propio Napoleon del solar patrio.

“Quizás esa sea precisamente la grandeza de fechas como el 12 de octubre.”

Porque no hablan únicamente de grandes acontecimientos históricos. También nos recuerdan que la historia de España está formada por miles de historias familiares, muchas veces desconocidas, que han pasado de generación en generación transmitiendo valores como el coraje, la palabra dada, la gratitud y la fe.

Hoy, cuando tantas cosas parecen efímeras y cambiantes, resulta reconfortante comprobar que aún existen tradiciones capaces de sobrevivir al paso del tiempo.

Por eso, al contemplar mañana las celebraciones de la Fiesta Nacional y los actos en honor a la Virgen del Pilar y a la Guardia Civil, no pensaré únicamente en los símbolos de España. También recordaré a aquel patriota antepasado mío que, entre las ruinas de una iglesia destruida por la guerra, elevó una sencilla plegaria para salvar a su gente y dejó a sus descendientes una herencia mucho más valiosa que cualquier riqueza material; “una historia de honor, gratitud y esperanza”.

Porque las naciones se construyen con historia. Las familias, con memoria. Y ambas sobreviven gracias a quienes son capaces de transmitirlas a las generaciones futuras.

Hoy no me despido con una expresión canaria. Hoy lo haré como un viejo lobo de mar, español, canario y que se siente muy orgulloso de ser un humilde maúro de Telde.  Por ello grito con todas mis fuerzas……

¡Feliz Día del Pilar, feliz Fiesta Nacional de España y gracias a todos los hombres y mujeres de la Guardia Civil que continúan sirviendo a nuestra nación con honor, sacrificio y entrega y como olvidarme… ¡Un fuerte abrazo para ti Jusef, que en la familia te seguimos admirando y recordando!

¡Qué cosas!

Julio César González Padrón. Marino Mercante y escritor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *