Instituciones, juristas y especialistas han advertido en Canarias sobre el avance de discursos que niegan o minimizan la violencia machista. La alerta se produjo durante la presentación en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria de un observatorio iberoamericano dedicado a este problema. Conviene tomarse en serio el aviso, porque negar una realidad no la elimina: solamente deja más solas a quienes la padecen.
En democracia se pueden discutir leyes, recursos y políticas públicas. Es legítimo exigir que funcionen mejor, analizar errores y reclamar garantías para todas las personas. Lo que no ayuda es convertir el sufrimiento en una guerra de consignas. Cuando el debate se reduce a burlas o etiquetas, desaparecen las víctimas concretas, los menores que viven el miedo dentro de casa y los profesionales que intentan protegerlos.
La violencia machista no nace de un día para otro. Suele crecer entre el control, los celos presentados como amor, el aislamiento y la humillación. Por eso la prevención debe comenzar antes de la denuncia. Las familias y los centros educativos necesitan herramientas para enseñar relaciones basadas en el respeto, la libertad y los límites. Los jóvenes deben aprender que revisar un teléfono, decidir la ropa de la pareja o exigir una localización permanente no son pruebas de cariño.
También debemos incorporar a los hombres a la solución. No basta con decirles lo que no deben hacer. Hay que abrir espacios en los que puedan cuestionar modelos de masculinidad construidos sobre el dominio, la dureza y el silencio emocional. Educar en igualdad no culpa a todos los hombres; les pide que formen parte activa de una sociedad más segura.
Las administraciones, por su parte, deben responder con recursos estables. Una campaña publicitaria no sustituye a la atención psicológica, la asistencia jurídica, la protección policial ni una vivienda segura. En un territorio fragmentado como Canarias, el acceso no puede depender de la isla o del municipio en el que viva la víctima. Tampoco debe olvidarse a los niños y adolescentes expuestos a la violencia, cuya recuperación exige tiempo y profesionales especializados.
Las redes sociales han acelerado la difusión de mensajes simples para problemas complejos. Un vídeo de pocos segundos, una estadística sin contexto o una experiencia individual pueden presentarse como prueba definitiva. Frente a esa dinámica, las instituciones deben comunicar mejor. No basta con repetir conceptos jurídicos. Hay que explicar qué se considera violencia, cómo se recogen los datos y qué mecanismos existen para corregir errores.
Los medios de comunicación también tenemos una responsabilidad. Cada asesinato no puede tratarse como un espectáculo, pero tampoco como una noticia rutinaria. Debemos evitar detalles que culpabilicen a la víctima, respetar a las familias y ofrecer información de ayuda. El lenguaje no es un adorno. Puede reforzar prejuicios o contribuir a que una mujer reconozca una situación de riesgo y se atreva a pedir apoyo.
La prevención debe llegar igualmente al ámbito digital. El acoso mediante mensajes, la difusión de imágenes íntimas, la suplantación y el control de las contraseñas forman parte de relaciones violentas que muchos adolescentes normalizan. Prohibir la tecnología no resolverá el problema. Necesitamos educación afectiva y digital para que puedan reconocer el consentimiento, proteger su intimidad y pedir ayuda sin miedo a ser juzgados.
Canarias necesita una respuesta común, pero adaptada a cada isla. En territorios pequeños, donde todo el mundo parece conocerse, denunciar puede resultar todavía más difícil. El temor a los comentarios o a encontrarse con el agresor reduce la libertad de la víctima. La protección debe tener en cuenta esa cercanía y garantizar confidencialidad, transporte y alternativas habitacionales reales.
La mejor respuesta al negacionismo no es exagerar ni insultar, sino ofrecer datos, escuchar a las víctimas y mejorar aquello que no funciona. Defender la realidad de la violencia machista es compatible con evaluar cada actuación con rigor. Una sociedad madura puede sostener ambas cosas. Lo que no puede permitirse es retroceder hasta convertir el miedo de tantas mujeres en una opinión discutible.
Vidal Bolaños, escritor y comunicador
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