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VANESSA PÉREZ: «LO QUE APRENDES EN UNA PISTA TE VA A SERVIR PARA LA VIDA»

La docente y entrenadora defiende un deporte base alejado de la obsesión por ganar, reclama que los niños puedan equivocarse y aprender y advierte del creciente protagonismo negativo de algunos padres en las gradas. 

Vanessa Pérez, entrevistada en la sede de Más por Telde por Lucas González, entiende el deporte y la educación como dos caras de una misma moneda. Jugadora, entrenadora desde los 16 años, docente y con una amplia trayectoria vinculada al baloncesto canario y nacional, tiene claro que una cancha debe servir para mucho más que aprender a botar un balón o ganar un partido: debe ayudar a formar personas.

Vinculada al deporte desde muy pequeña, comenzó a jugar al baloncesto a los 12 años. Desde entonces ha pasado prácticamente por todas sus facetas: jugadora, entrenadora, árbitro y estadística. Una trayectoria que ha terminado confluyendo con su otra gran vocación, la enseñanza.

«Me encanta aprender, me encanta enseñar y acompañar a las personas en su proceso de crecimiento», explica Pérez, que reconoce una especial predilección por trabajar con los más pequeños y ayudarlos a descubrir hasta dónde son capaces de llegar.

Residente en Telde desde los cinco años, buena parte de su trayectoria deportiva se desarrolló también en el municipio. Actualmente continúa ligada al baloncesto y coordina una escuela deportiva vinculada al Colegio Claret, compatibilizando esa responsabilidad con su actividad docente.

Su currículum incluye además años de experiencia con las selecciones Canaria y Española. Pérez recuerda que ha estado durante seis años vinculada a la selección autonómica y cinco a la nacional, después de haber vestido también esas camisetas como jugadora.

Para ella, sin embargo, separar su faceta de entrenadora de la de profesora carece de sentido.

«No son dos cosas aparte. Todo está vinculado. Todos son procesos de enseñanza y de acompañamiento», sostiene.

Ganar no puede ser el objetivo cuando se está formando

Una de las ideas sobre las que Vanessa Pérez insiste con mayor contundencia es la necesidad de diferenciar el deporte formativo de la alta competición.

La entrenadora no reniega de la competitividad. Todo lo contrario. Se reconoce «súper competitiva» y admite abiertamente que le encanta ganar. Pero considera un grave error trasladar esa obsesión por el resultado a niños y niñas que todavía se encuentran en una etapa de aprendizaje.

«Para mí la formación no es ganar», sentencia.

La diferencia está en los objetivos. En una selección autonómica o nacional se compite para ganar un campeonato, mantener una categoría o conseguir una medalla. En el deporte base, en cambio, el resultado debería ocupar un segundo plano.

Aprender, mejorar, conocer compañeros, equivocarse, levantarse después de una derrota y desarrollar valores son, a su juicio, aprendizajes mucho más importantes.

De hecho, Vanessa ofrece una reflexión especialmente gráfica: prefiere «perder de uno que ganar de 50».

Una derrota ajustada supone haber competido, haberse puesto a prueba y haber encontrado dificultades que obligan al jugador a crecer. Una victoria aplastante, por el contrario, aporta muy poco desde el punto de vista formativo.

«Perder también forma parte de la formación y creo que es una de las partes más importantes», afirma.

Y ahí aparece posiblemente la idea que mejor resume toda su filosofía: lo verdaderamente importante que le ha dado el baloncesto no figura en ningún palmarés.

Disciplina, valores, amistades y experiencias son el auténtico premio.

«Lo que aprendes en una pista te va a servir para la vida».

Recuperar el juego y la diversión

Vanessa Pérez considera que uno de los grandes errores que se están cometiendo en el deporte base es precisamente haber olvidado que, antes que deportistas, hablamos de niños.

Y los niños necesitan jugar.

La exigencia excesiva y la obsesión por el resultado terminan provocando, según explica, que muchos jóvenes —especialmente chicas— abandonen el deporte alrededor de los 15 años.

Cuando ganar se convierte en una obligación y aparecen constantemente los gritos, la presión y el miedo a equivocarse, desaparece el disfrute.

«Si tú dejas de disfrutar, ¿para qué lo haces?», se pregunta.

El deporte, sostiene, debería convertirse en un espacio para desconectar de las obligaciones académicas y de la vida cotidiana, relacionarse con los amigos y disfrutar.

Ese principio lo traslada a su trabajo con los más pequeños.

En edades infantiles, explica que lo que aparentemente se presenta como una actividad de baloncesto es en realidad un trabajo de psicomotricidad, coordinación y desarrollo de habilidades básicas utilizando una pelota.

Aprender a botar supone desarrollar coordinación óculo-manual; correr, saltar o moverse con un balón implica adquirir destrezas que posteriormente tendrán utilidad tanto dentro como fuera de una cancha.

La técnica deportiva llegará después.

Primero hay que permitir que el niño explore.

«Deja que se equivoque, deja que aprenda, deja que cree».

Pérez advierte de que imponer constantemente posiciones, movimientos y decisiones acaba cortando la creatividad de los jugadores.

Los grandes talentos, recuerda, suelen tener precisamente esa capacidad para improvisar porque nunca perdieron el placer de jugar.

La presión de las familias también entra en la cancha

Otro de los asuntos que Vanessa aborda sin rodeos es el comportamiento de algunos padres y madres durante las competiciones.

Aunque reconoce haber tenido personalmente mucha suerte con las familias con las que ha trabajado, considera preocupante la evolución que observa alrededor de las canchas.

Hasta el punto de afirmar que el baloncesto se está «futbolizando» en determinados comportamientos.

Padres que ejercen de entrenadores desde la grada, indicaciones contradictorias, protestas y presión sobre los niños forman parte de una realidad que, según Pérez, perjudica directamente al proceso formativo.

La comparación que plantea es sencilla: ningún padre entra en un aula mientras se imparte una clase para explicarle a su hijo cómo debe resolver un ejercicio.

¿Por qué hacerlo entonces durante un partido?

El entrenador puede equivocarse, reconoce, pero es quien tiene la responsabilidad deportiva mientras el jugador está en la cancha.

Cuando desde la grada se dan órdenes diferentes, el menor queda atrapado entre dos figuras de referencia: sus padres y su entrenador.

La situación se vuelve todavía más preocupante cuando aparecen insultos contra los árbitros, algunos de ellos menores de edad.

Pérez valora positivamente las iniciativas que federaciones y clubes están desarrollando mediante charlas y actividades conjuntas para jugadores, padres y árbitros.

Porque, en último término, vuelve a tratarse de lo mismo: educación.

El deporte femenino crece, pero todavía existen muchas barreras

La entrenadora también analiza la evolución del deporte femenino y reconoce importantes avances.

Los éxitos de las selecciones españolas y el crecimiento de modalidades como el baloncesto 3×3 han generado una mayor visibilidad y un aumento de la demanda.

A nivel nacional se ha incrementado el número de licencias y equipos, mientras Canarias continúa demostrando un notable nivel competitivo.

La propia Vanessa recuerda sus resultados como jugadora de la selección canaria, con medallas de oro, plata y bronce, y posteriormente sus experiencias desde el banquillo.

Pero la situación dista mucho de ser perfecta.

En Gran Canaria, señala, siguen existiendo desequilibrios competitivos que provocan diferencias excesivas entre equipos. Cuando un conjunto concentra a buena parte de las mejores jugadoras, el campeonato pierde igualdad y los partidos con diferencias enormes de puntos terminan resultando perjudiciales tanto para quien gana como para quien pierde.

«Ganar de 50 no te sirve de nada», insiste.

Para el equipo vencedor apenas existe competición ni posibilidad de ponerse realmente a prueba; para quienes reciben esas derrotas continuadas puede aparecer frustración y abandono.

Y ahí surge otro problema.

Según Pérez, muchas chicas terminan alejándose del deporte porque dejan de disfrutar.

«Hay muchas niñas a las que los adultos les cortan las alas»

Vanessa también pone el foco sobre determinados prejuicios que continúan condicionando la incorporación de las niñas al deporte.

En su propia escuela deportiva, explica, la diferencia entre el número de niños y niñas continúa siendo muy considerable.

Y detrás de esa realidad detecta, en ocasiones, decisiones tomadas por los propios adultos.

Todavía existen familias que consideran determinadas disciplinas más apropiadas para niños o para niñas, una visión que Pérez rechaza frontalmente.

Su filosofía consiste precisamente en lo contrario: permitir que cada menor descubra qué actividad le apasiona.

Fútbol, baloncesto, natación, lucha, boxeo, baile o cualquier otra modalidad.

Lo importante es moverse, descubrir y disfrutar.

Ella misma practicó diferentes deportes durante su infancia antes de encontrar en el baloncesto su verdadera pasión.

Por eso tampoco comparte la actitud de algunos padres que pretenden que sus hijos practiquen el deporte que ellos hubieran querido practicar o que permanecen en una actividad simplemente por comodidad de horarios o porque allí están sus compañeros.

Si un niño no disfruta, hay que escucharlo.

No convertir el deporte en un sufrimiento desde los tres años

Esta filosofía alcanza especial importancia en las edades más tempranas.

Vanessa explica que en su escuela existe un criterio muy claro con los niños de tres años: deben estar adaptados a la actividad.

Eso significa que, una vez superada la separación inicial de sus padres, el pequeño quiera participar, jugar e integrarse.

Cuando el llanto y el rechazo permanecen, considera contraproducente obligarlo a continuar.

«Si un niño de tres años está llorando, está sufriendo».

Y aunque considera necesario enseñar disciplina y exigir progresivamente a los menores, también reclama sentido común sobre cuándo y cómo hacerlo.

Forzar a un niño extremadamente pequeño puede provocar precisamente el efecto contrario al deseado: que termine asociando el deporte con una experiencia desagradable y lo rechace durante años.

Formar entrenadores, pero también formar personas

La conversación desemboca finalmente en otro debate de enorme importancia: qué formación reciben quienes trabajan con niños y adolescentes.

Vanessa Pérez considera que los conocimientos técnicos del deporte son imprescindibles, pero insuficientes.

Un entrenador de categorías inferiores necesita comprender el desarrollo psicológico de los menores, conocer sus diferentes ritmos de maduración, identificar situaciones emocionales y entender que no todos los niños evolucionan de la misma manera.

La teoría ayuda, pero la experiencia diaria también resulta fundamental.

«Por muchos estudios que tengas, si no lo has vivido no lo vas a entender», sostiene.

En baloncesto existen diferentes niveles de formación para entrenadores en función de las categorías y niveles competitivos. Pérez ha completado los niveles que necesita para desarrollar su actividad y reconoce que no persigue actualmente dar el salto al profesionalismo.

Su prioridad está en otra parte.

En acompañar.

En educar.

En lograr que un niño quiera regresar a entrenar al día siguiente.

Y, sobre todo, en no olvidar que detrás de cada jugador existe una persona en proceso de crecimiento.

Porque para Vanessa Pérez el verdadero éxito de un entrenador de formación no debería medirse únicamente en campeonatos, victorias o trofeos.

Se mide también años después, cuando aquel niño recuerda lo aprendido en una cancha y descubre que muchas de aquellas enseñanzas terminaron siendo útiles mucho más allá del baloncesto.

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