La incautación de más de tres toneladas de cocaína al sur de Gran Canaria demuestra que el narcotráfico que rodea las islas no tiene nada de romántico ni de inofensivo.
Por Vidal Bolaños Betancort
Una narcolancha, 139 fardos, 3.360 kilos de cocaína, cinco detenidos, un fusil de asalto y una ametralladora ligera.
No es el argumento de una serie de televisión. Es el resultado de una operación de la Guardia Civil conocida este 4 de septiembre al sur de Gran Canaria, según la información difundida por la Cadena SER.
La presencia de armas de guerra junto a más de tres toneladas de droga debería eliminar cualquier imagen romántica sobre el narcotráfico.
No hablamos de aventureros que cruzan el océano ni de personajes pintorescos que ganan dinero burlando a las autoridades. Hablamos de organizaciones capaces de emplear la violencia, corromper personas, blanquear enormes cantidades de dinero y destruir familias.
La embarcación fue interceptada a unas setenta millas al sur de Gran Canaria. Sus ocupantes intentaron huir y, según la investigación, llevaban las armas para proteger el cargamento y defenderse de otros grupos criminales.
Ese detalle resulta especialmente preocupante. Demuestra que el negocio de la droga no se desarrolla en un mundo oculto completamente separado de nuestra sociedad. Existe una competencia violenta entre organizaciones que están dispuestas a utilizar armamento de gran capacidad para proteger sus beneficios.
Canarias ocupa una posición geográfica estratégica. Esa situación ha sido una oportunidad para el comercio, las comunicaciones y la conexión entre continentes, pero también despierta el interés de las redes criminales.
La respuesta no puede limitarse a celebrar cada incautación. Cada operación policial exitosa debe servir también para preguntarnos cuántos cargamentos consiguen llegar y qué estructuras económicas los reciben.
Tres toneladas de cocaína no aparecen de manera improvisada. Necesitan financiación, embarcaciones, combustible, comunicaciones, contactos, lugares de almacenamiento y una red posterior de distribución.
Perseguir únicamente a quienes viajan en la lancha no basta. Hay que seguir el dinero y llegar hasta quienes organizan, protegen y se benefician del negocio. Los tripulantes son una parte visible de una estructura mucho mayor.
El narcotráfico intenta integrarse dentro de la economía legal. Compra propiedades, utiliza empresas, mueve dinero y busca personas dispuestas a colaborar. Por eso la investigación patrimonial y la lucha contra el blanqueo deben tener tanta importancia como la vigilancia marítima.
También debemos reconocer el trabajo de las fuerzas de seguridad. Quienes interceptan una embarcación cuyos ocupantes llevan armas largas no están realizando una actuación administrativa rutinaria. Están exponiendo su vida.
Necesitan medios, formación, inteligencia, coordinación internacional y condiciones profesionales acordes con el riesgo que asumen. Felicitar su trabajo mientras se mantienen plantillas insuficientes o recursos limitados sería una contradicción.
La cooperación con los países del entorno africano resulta igualmente necesaria. Las rutas cambian cuando aumenta la vigilancia en un determinado punto. Las organizaciones estudian las operaciones policiales, adaptan sus recorridos y utilizan nuevas formas de comunicación.
La respuesta debe ser constante. No puede activarse únicamente después de una gran incautación.
Pero combatir el narcotráfico no es solo una cuestión policial. Estas redes buscan territorios con desigualdad, jóvenes sin expectativas y personas dispuestas a asumir riesgos a cambio de dinero.
Cuando una sociedad abandona determinados barrios, normaliza el desempleo o permite que muchos jóvenes crean que nunca tendrán una oportunidad, las organizaciones criminales encuentran un terreno más favorable.
Por eso la lucha contra la droga comienza también en los centros educativos, los clubes deportivos, las asociaciones vecinales y los servicios sociales. Significa prevención, atención a las adicciones, apoyo a las familias, empleo digno y alternativas de ocio.
No se trata de afirmar que la pobreza convierte automáticamente a alguien en delincuente. La inmensa mayoría de las personas con dificultades económicas mantienen una vida honrada. Pero las organizaciones criminales aprovechan la vulnerabilidad y prometen dinero rápido donde la sociedad ofrece únicamente espera.
También es necesario dejar de admirar la estética del narcotraficante. Determinadas series, vídeos y canciones pueden presentarlo como una figura poderosa, rodeada de lujo, coches y respeto.
La realidad aparece en las armas encontradas en una lancha, en las deudas, las amenazas, las adicciones y las familias que terminan destruidas. El supuesto respeto nace del miedo.
La cocaína incautada no llegará a las calles. Es una buena noticia. Evitará consumo, enfermedad y posiblemente algunas muertes. Pero el problema no termina con la fotografía de los fardos intervenidos.
Hay que investigar quién esperaba el cargamento, cómo se financiaría, dónde iba a almacenarse y qué empresas o personas podían participar en su distribución.
Canarias no puede acostumbrarse a aparecer en los mapas internacionales como una posible puerta de entrada de droga. Necesitamos una estrategia estable que combine vigilancia marítima, cooperación internacional, investigación financiera, control portuario y prevención social.
También debemos cuidar a quienes padecen una adicción. El consumidor problemático no puede ser tratado únicamente como culpable. Necesita atención sanitaria, apoyo psicológico y oportunidades para reconstruir su vida.
La droga no es solo un negocio criminal. También es un problema de salud pública.
Una ametralladora sobre el Atlántico nos recuerda que quienes controlan este mercado están dispuestos a defenderlo mediante la violencia. Frente a ellos no bastan los discursos ni las campañas esporádicas.
El narcotráfico no trae prosperidad. Trae miedo, corrupción, dependencia y dolor. Cuanto antes dejemos de contemplarlo como una historia lejana, mejor podremos proteger nuestras costas, nuestros barrios y, sobre todo, a nuestros jóvenes.
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