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«CUANDO TENER UN SUELDO YA NO GARANTIZA TENER UNA CASA»

Hubo un tiempo en que conseguir un trabajo significaba, con todas las dificultades del mundo, comenzar a imaginar una cierta independencia.

No era sencillo. Nunca lo fue.

Pero existía una secuencia que parecía razonable: estudiar o aprender un oficio, encontrar empleo, ahorrar, alquilar una vivienda y empezar poco a poco a construir una vida propia.

Algo se ha roto en esa cadena.

Hoy, 18 de agosto de 2026, conocemos un dato que debería preocuparnos más allá de cualquier estadística inmobiliaria: alquilar una vivienda de dos habitaciones en las dos capitales canarias exige ya, de media, un esfuerzo equivalente al 31 % de los ingresos familiares. El dato sitúa a Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife por encima del porcentaje que los especialistas toman como referencia recomendable.

Pero detrás de ese 31 % hay algo que una cifra no puede explicar.

Hay vidas que empiezan a organizarse alrededor del precio de una casa.

Y ese debería ser el verdadero debate.

La vivienda ha dejado de ser únicamente el lugar donde vivimos para convertirse en uno de los principales factores que condicionan cómo vivimos.

Determina si podemos independizarnos.

Si podemos ahorrar.

Si tenemos margen para afrontar un imprevisto.

Si podemos cambiar de trabajo.

Si una pareja decide convivir.

Si alguien puede separarse sin quedar económicamente atrapado.

Si una familia puede permanecer en el barrio donde ha vivido durante años.

Incluso puede determinar cuánto tiempo dedicamos a nuestros hijos o a nuestros mayores, porque cuando el gasto fijo aumenta también aumenta la necesidad de trabajar más, aceptar horas extras o renunciar a determinados proyectos.

Por eso reducir la conversación de la vivienda al precio por metro cuadrado resulta insuficiente.

Estamos hablando de libertad.

Una persona que destina una parte cada vez mayor de sus ingresos a mantener un techo dispone de menos capacidad para decidir sobre todo lo demás.

Y ahí aparece una realidad especialmente incómoda: tener trabajo ya no garantiza poder vivir de manera autónoma.

Esa frase debería obligarnos a revisar muchas cosas.

Durante años hemos identificado la vulnerabilidad económica con el desempleo. Sin embargo, ha aparecido una situación diferente: personas que trabajan, cobran una nómina y aun así tienen enormes dificultades para acceder a una vivienda adecuada.

No hablamos necesariamente de querer grandes casas ni lujos.

Hablamos de una puerta que cierre.

Una habitación.

Una cocina.

Un lugar desde el que empezar.

El problema se vuelve todavía más complejo en Canarias por las limitaciones propias de un territorio insular. El suelo es finito, las necesidades de vivienda conviven con otros usos y cualquier desequilibrio adquiere rápidamente una dimensión que afecta a miles de personas.

Pero precisamente porque la cuestión es compleja deberíamos desconfiar de las soluciones milagrosas.

No existe una única medida capaz de arreglar el problema.

Hace falta vivienda pública, pero también agilizar la puesta a disposición de la que ya existe.

Hace falta analizar la oferta de alquiler residencial.

Hace falta seguridad para propietarios e inquilinos.

Hace falta estudiar el efecto de los distintos usos residenciales.

Hace falta planificación.

Hace falta coordinación entre administraciones.

Y, sobre todo, hace falta dejar de tratar la vivienda como un asunto que solamente merece atención cuando aparece una nueva estadística.

Porque mientras discutimos porcentajes hay personas tomando decisiones muy concretas.

Hay jóvenes que retrasan su independencia.

Familias que no pueden mudarse aunque su vivienda se les haya quedado pequeña.

Personas separadas obligadas a regresar temporalmente con sus padres.

Trabajadores que rechazan un empleo porque el salario no compensa el coste de vivir cerca.

Mayores que continúan en viviendas poco adaptadas porque cualquier alternativa resulta económicamente imposible.

La vivienda atraviesa silenciosamente casi todas las etapas de nuestra vida.

También modifica nuestros barrios.

Cuando las personas que han crecido en un determinado lugar no pueden permitirse permanecer allí, cambia algo más que el padrón.

Cambian las relaciones.

El pequeño comercio pierde clientes habituales.

Las asociaciones pierden relevo.

Los niños dejan de crecer cerca de sus abuelos.

La comunidad se debilita.

Un barrio puede conservar exactamente los mismos edificios y, sin embargo, dejar de ser el mismo barrio.

Por eso la vivienda no es solamente una cuestión económica.

También es territorial, familiar y comunitaria.

Existe además una expresión que deberíamos manejar con cuidado: «esfuerzo asumible».

¿Qué significa realmente?

Para una familia con ingresos elevados, destinar un porcentaje determinado a la vivienda puede dejar todavía suficiente margen para alimentación, transporte, educación, ocio y ahorro.

Para un hogar con ingresos modestos, el mismo porcentaje puede significar eliminar cualquier colchón económico.

Los porcentajes igualan sobre el papel situaciones que en la vida real son muy distintas.

Detrás del alquiler siguen llegando la compra, la luz, el agua, el transporte, el material escolar, los medicamentos y todos esos gastos pequeños que, cuando se suman, dejan de ser pequeños.

Una familia no vive de porcentajes.

Vive de lo que queda después.

Ese debería ser otro indicador.

No solamente cuánto pagamos por vivir.

También cuánto nos queda para vivir después de pagar.

La vivienda se ha convertido probablemente en una de las grandes pruebas de nuestra sociedad.

Porque una tierra puede generar empleo, atraer inversión, recibir visitantes y presentar buenos indicadores económicos, pero si quienes trabajan en ella no consiguen encontrar un lugar donde construir su vida tendremos un problema que ninguna estadística positiva podrá esconder.

No se trata de prometer que todo el mundo podrá vivir exactamente donde quiera y al precio que desee.

Se trata de recuperar una idea mucho más razonable: que trabajar y llevar una vida normal debería permitir aspirar a una vivienda digna sin convertir cada final de mes en una prueba de resistencia.

Hoy hablamos de un 31 %.

Mañana probablemente conoceremos otro porcentaje.

Pero quizá hemos pasado demasiado tiempo mirando la cifra equivocada.

La pregunta verdaderamente importante no es cuánto cuesta una vivienda.

Es cuánto de nuestra vida estamos teniendo que entregar para poder pagarla.

Porque cuando tener un sueldo deja de garantizar siquiera la posibilidad de tener un hogar, el problema ya no pertenece únicamente al mercado inmobiliario.

Nos pertenece a todos.

Vidal Bolaños, escritor y comunicador

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