La escena se repite con frecuencia.
Un escenario cuidadosamente preparado, varias autoridades, artistas invitados, cámaras, un cartel de grandes dimensiones y una frase que parece haberse convertido en obligatoria: «Este municipio apuesta por la cultura».
La fotografía funciona.
El problema comienza cuando termina el acto.
Cuando se apagan las luces, se desmonta el escenario y desaparecen las cámaras conviene formular una pregunta mucho menos cómoda: ¿qué permanece después?
Canarias tiene una notable capacidad para organizar acontecimientos culturales. Festivales, conciertos, ferias del libro, exposiciones, certámenes, encuentros literarios, jornadas, representaciones teatrales y celebraciones llenan cada año las agendas institucionales.
Toda esa actividad es necesaria.
Pero existe una diferencia que deberíamos aprender a distinguir: programar cultura no es necesariamente construir cultura.
Más allá del calendario
Programar consiste en llenar fechas.
Construir cultura significa crear las condiciones para que escritores, actores, músicos, fotógrafos, artistas, asociaciones y colectivos puedan desarrollar proyectos estables durante todo el año.
Un municipio puede anunciar decenas de actividades culturales y, al mismo tiempo, tener creadores que no encuentran un lugar donde ensayar, asociaciones que sobreviven buscando continuamente pequeñas ayudas o autores que desconocen dónde presentar una propuesta.
Esa contradicción debería hacernos reflexionar.
La política cultural no puede medirse exclusivamente por el número de actos celebrados.
Un concierto dura unas horas.
Un proceso cultural puede necesitar años.
Crear lectores requiere tiempo.
Formar espectadores también.
Consolidar una compañía teatral, recuperar memoria oral, educar en patrimonio o lograr que jóvenes encuentren en la creación artística un espacio donde expresarse son trabajos cuyos resultados rara vez pueden fotografiarse inmediatamente.
Y precisamente ahí aparece una de las dificultades.
La cultura trabaja a largo plazo.
La política suele hacerlo a corto.
Una programación espectacular puede obtener titulares, llenar una plaza y producir una fotografía magnífica. Sostener durante años un taller, una compañía, una asociación o un pequeño proyecto cultural genera bastante menos ruido.
Sin embargo, muchas veces es ahí donde nace la verdadera transformación.
Los creadores no pueden vivir de puertas cerradas
También debemos revisar la relación de las instituciones con quienes crean.
La cultura no debería depender de favores, amistades, cercanía política o circuitos invisibles donde aparecen repetidamente los mismos nombres.
Un creador debería poder presentar una propuesta y obtener una respuesta.
Puede ser negativa.
No todo proyecto tiene que ser aceptado.
Pero el silencio institucional termina siendo una forma de desprecio hacia el trabajo creativo.
Hay escritores, grupos teatrales, músicos y colectivos que dedican semanas a preparar proyectos que después parecen desaparecer dentro de algún correo electrónico.
No saben si fueron estudiados.
No conocen los criterios.
No reciben explicación.
Mientras tanto, determinadas programaciones parecen circular siempre alrededor de espacios conocidos.
La transparencia también forma parte de una política cultural saludable.
Saber cómo se selecciona.
Qué presupuesto existe.
Qué criterios se utilizan.
Cómo pueden participar nuevos creadores.
La cultura necesita puertas.
No guardianes.
La cultura también vive lejos de los grandes escenarios
Existe además otro riesgo: confundir importancia con tamaño.
No toda experiencia cultural necesita un auditorio de mil personas.
A veces bastan veinte sillas.
Una biblioteca.
Una asociación vecinal.
Una escuela.
Una plaza.
Un grupo de niños escuchando un cuento.
Una persona mayor compartiendo su memoria.
Una adolescente leyendo por primera vez un poema escrito por ella.
Esas experiencias quizá nunca ocupen una portada institucional, pero pueden tener una capacidad transformadora enorme.
La descentralización cultural no debería limitarse a trasladar ocasionalmente un espectáculo fuera del centro urbano.
Significa reconocer que un barrio, una medianía o un pequeño municipio también pueden producir cultura.
No solamente recibirla.
Canarias posee una enorme riqueza creativa precisamente porque existen personas desarrollando proyectos desde lugares que rara vez aparecen en los grandes circuitos.
Hay que encontrarlas.
Escucharlas.
Darles oportunidades.
El patrimonio del futuro se crea hoy
Cuando hablamos de patrimonio solemos mirar hacia atrás.
Pensamos en edificios históricos, yacimientos, tradiciones o documentos.
Pero olvidamos algo elemental: aquello que dentro de cincuenta años llamaremos patrimonio cultural probablemente se está creando ahora.
Puede ser una novela publicada por un pequeño sello.
Una canción.
Una obra teatral representada ante pocas personas.
Una fotografía.
Un documental.
Una colección de testimonios de nuestros mayores.
Por eso apoyar a los creadores contemporáneos no es únicamente financiar entretenimiento.
También significa construir la memoria futura de Canarias.
La cultura genera pensamiento crítico, identidad, conversación y comunidad.
Precisamente por ello tampoco debe transformarse en propaganda.
El creador no está obligado a elogiar a quien financia una actividad.
Debe tener derecho a cuestionar.
A incomodar.
A señalar contradicciones.
Una administración que solamente apoya la cultura que la halaga no está defendiendo la creación.
Está buscando decoración.
Cuando se apaguen las luces
Quizá debamos cambiar la manera de evaluar nuestras políticas culturales.
En lugar de preguntar únicamente cuántos actos celebramos, podríamos preguntarnos cuántos proyectos lograron consolidarse.
Cuántos nuevos lectores aparecieron.
Cuántos jóvenes encontraron un espacio creativo.
Cuántos autores tuvieron por primera vez una oportunidad.
Cuánta memoria conseguimos conservar.
Cuántos colectivos recibieron acompañamiento.
Cuántas personas pudieron acceder a la cultura independientemente del barrio o municipio donde vivieran.
Y cuántos creadores sintieron que las instituciones estaban dispuestas a escucharlos aunque no pertenecieran a ningún círculo.
Entonces podremos hablar verdaderamente de cultura.
Los grandes conciertos pasarán.
Los escenarios se desmontarán.
Los carteles terminarán guardados en algún almacén.
Las autoridades aparecerán en otras fotografías.
Pero aquello que hayamos sembrado en las personas permanecerá.
Una verdadera política cultural no debería preguntarse únicamente cómo llenar una plaza esta noche.
Debería preguntarse qué seguirá vivo mañana cuando se apaguen las luces.
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