Ad Space

«LA SALTAPERICA QUE SALIÓ RANA»

Teodoro Sosa debería saber, y grabarse muy bien, lo que significa la coherencia política antes de repartir etiquetas a los demás. Cuando uno lanza un mensaje en política conviene saber primero lo que está diciendo. Porque una cosa es lanzar una pulla y otra muy distinta hacer una gracieta que termina volviéndose en contra de quien la pronuncia.

Este fin de semana, Teodoro Sosa quiso enviar un mensaje a Onalia Bueno llamándola “saltaperica”. El problema es que, si uno consulta qué significa realmente esa palabra en Canarias, descubre que no es precisamente el insulto demoledor que algunos pretendían vender.

Una saltaperica es una persona inquieta, activa, dinámica, trabajadora, resolutiva, sociable y con iniciativa. Alguien que no se queda quieto, que se mueve, que busca soluciones y que atiende varias cuestiones a la vez.

Es decir, que si el objetivo era desacreditar a Onalia Bueno, el resultado ha sido más parecido a una carta de recomendación que a una crítica política.

Porque llamar a alguien saltaperica, según la propia definición popular del término, es describir a una persona con energía, capacidad de trabajo y empuje. Justo las cualidades que muchos ciudadanos esperan de un responsable público.

A veces ocurre en política que el afán por ridiculizar al adversario lleva a cometer errores de concepto. Y cuando eso pasa, el mensaje acaba teniendo el efecto contrario al buscado. Lo que pretendía ser una descalificación termina convirtiéndose en un elogio involuntario.

Pero Teodoro Sosa debería saber, y grabarse muy bien, lo que significa la coherencia política antes de repartir etiquetas a los demás.

Porque una cosa es llamar “saltaperica” a alguien y otra muy distinta explicar a los ciudadanos qué significa presentarse a unas elecciones bajo las siglas de Nueva Canarias, pedir el voto en nombre de ese partido, obtener un cargo gracias a esos votos y, una vez consolidado en el poder, abandonar esas mismas siglas para crear una formación política distinta.

Todo ello, además, sin renunciar al puesto conseguido bajo las siglas originales, manteniendo las responsabilidades institucionales y gestionando recursos públicos desde una posición alcanzada gracias a la confianza depositada por unos votantes que eligieron unas siglas concretas y no otras.

Los ciudadanos tienen derecho a preguntarse si eso responde a la lealtad política que merecen o si, por el contrario, estamos ante una transformación política de manual. Porque cambiar de proyecto después de obtener el respaldo electoral de otro es una decisión legítima, pero también está sometida al juicio de la opinión pública.

Quizás por eso resulte llamativo que quien hoy reparte calificativos sea precisamente quien tiene que explicar su propia evolución política. Porque los ciudadanos no olvidan quién pidió el voto bajo unas siglas y quién decidió posteriormente emprender otro camino sin devolver el acta ni abandonar las responsabilidades institucionales obtenidas gracias a aquella confianza.

Por eso conviene ser prudente cuando se reparten etiquetas. En política, las palabras tienen memoria y los hechos también. Y antes de señalar a los demás, quizás sea oportuno revisar el propio recorrido.

Porque algunos ladran mucho desde la tribuna, pero los ciudadanos cada vez observan más los hechos que las palabras.

La próxima vez que alguien quiera utilizar la palabra “saltaperica” como un reproche, tal vez debería consultar antes el diccionario popular canario. No vaya a ser que intentando desacreditar a un adversario termine describiendo exactamente las cualidades que muchos ciudadanos buscan en un líder político.

Y es que, a veces, el mayor problema no es ser una saltaperica. El mayor problema es no darse cuenta de que el espejo también refleja a quien habla.

Juan Santana, periodista y locutor de radio

Un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *