Las malas lenguas aseguran que el portavoz del que lleva la corona ya ha emitido su veredicto. La sentencia parece redactada. El juicio ni siquiera ha comenzado, pero los alguaciles ya estarían preparando los tambores de guerra. En los corrillos políticos surge una pregunta cargada de ironía: ¿aquellos casi 100.000 euros de dinero público que tanto dieron que hablar liquidaban todas las cuentas pendientes o todavía quedaba algún recibo político por pasar al cobro?
Lo ocurrido este viernes en Telde tras la intervención pública de uno de los comunicadores históricos del municipio no parece un episodio aislado. Quienes llevan años observando la política local saben que, en ocasiones, los mensajes más importantes no se lanzan desde los despachos oficiales, sino desde los entornos que tradicionalmente han acompañado a determinados proyectos políticos.
La ruptura pública con Juan Antonio Peña escenificada en directo tiene una lectura que va mucho más allá de una simple discrepancia personal. Cuando alguien que durante años defendió un proyecto político decide romper amarras de forma tan contundente, la pregunta no es qué ha ocurrido en una emisora de radio, sino qué está ocurriendo dentro del propio espacio político que sostiene al alcalde.
Porque resulta difícil creer que un movimiento de estas características aparezca por generación espontánea. En política casi nada sucede por casualidad y, cuando empiezan a producirse determinados posicionamientos públicos, normalmente responden a dinámicas internas que vienen gestándose desde hace tiempo.
Desde hace meses se perciben señales de incomodidad entre quienes consideran que el gobierno municipal debía responder a otros equilibrios internos y a otras influencias. La consolidación de Juan Antonio Peña como figura institucional, tomando decisiones propias y marcando distancias con determinadas etapas del pasado, parece haber generado nerviosismo en algunos sectores acostumbrados a tener más capacidad de influencia.
La sensación que empieza a instalarse en determinados círculos es que se está activando una estrategia de desgaste progresivo. Primero llegan las críticas veladas. Después aparecen los mensajes públicos. Más tarde se multiplican las voces que cuestionan decisiones concretas. Y finalmente se intenta construir un relato según el cual el problema no está en quienes mueven los hilos, sino en quien ocupa el despacho de la Alcaldía.
Nada de esto puede darse aún por confirmado. Pero la experiencia política demuestra que cuando determinadas piezas comienzan a moverse al mismo tiempo suele existir una dirección común detrás del tablero.
Por eso los próximos meses serán especialmente reveladores. Habrá que observar quiénes empiezan a tomar posiciones, qué discursos se repiten, qué medios cambian su línea editorial y qué dirigentes comienzan a marcar distancias con quien hoy ocupa la Alcaldía.
Si la teoría es correcta, el aparato político que durante años controló buena parte de las decisiones internas podría iniciar una fase de presión destinada a debilitar la figura del alcalde. No sería la primera vez que ocurre en política. De hecho, muchas veces los mayores enemigos de un dirigente no se encuentran en la oposición, sino dentro de su propia casa.
Y es precisamente ahí donde algunos sitúan lo ocurrido esta semana. Todos pudimos escuchar al alcalde Juan Antonio Peña durante su entrevista en El Pulso, emitida por la Radio Digital de Onda Guanche. Los mensajes estaban ahí. Sin nombres, sin apellidos, pero con destinatario conocido para quien quisiera interpretar entre líneas.
Y parece que aquellos mensajes no tardaron demasiado en llegar a su destino.
Porque cuentan los observadores más veteranos de la política local que, cuando determinadas palabras atraviesan determinados muros, enseguida se activa el protocolo de emergencia en el reino. Allí donde algunos siguen convencidos de que las decisiones importantes no se toman en los despachos oficiales sino alrededor de la mesa del trono.
Las malas lenguas aseguran que el portavoz del que lleva la corona ya ha emitido su veredicto. La sentencia parece redactada. El juicio ni siquiera ha comenzado, pero los alguaciles ya estarían preparando los tambores de guerra.
Por eso algunos pronostican que en las próximas semanas comenzará oficialmente la operación desgaste. Editoriales, comentarios, análisis, críticas y alguna que otra tormenta perfectamente sincronizada podrían empezar a desfilar por el escenario político local.
Las entradas ya están a la venta.
Solo queda esperar a que empiece la película.
Mientras tanto, en los corrillos políticos surge una pregunta cargada de ironía: ¿aquellos casi 100.000 euros de dinero público que tanto dieron que hablar liquidaban todas las cuentas pendientes o todavía quedaba algún recibo político por pasar al cobro?
La pregunta queda en el aire.
Lo que sí parece evidente es que algunos siguen convencidos de que el verdadero poder reside en quien porta la corona.
Sin embargo, la política tiene una característica que suele alterar todos los planes.
Las coronas pesan.
Las alas no.
Y cuando a quien ocupa la Alcaldía comienzan a crecerle alas propias, puede que llegue un momento en el que ya no necesite permiso para emprender el vuelo.
Porque con alas se vuela.
Con coronas, normalmente, uno se limita a posar para los retratos oficiales.
Y quizás ahí se encuentre el origen de la batalla que algunos creen ver acercarse. Una batalla silenciosa, soterrada y todavía no declarada oficialmente, pero cuyos primeros movimientos ya empiezan a percibirse en el horizonte político de Telde.
Los próximos meses dirán si todo esto no era más que una interpretación exagerada de los acontecimientos o si, por el contrario, acabamos de asistir al primer capítulo de una guerra interna donde los adversarios no se sientan enfrente, sino en la misma mesa.
Juan Santana, periodista y locutor de radio
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