Hay políticos que, con el paso de los años, ganan serenidad. Otros ganan perspectiva. Y algunos, simplemente, ganan una peligrosa facilidad para olvidar partes incómodas de su propia biografía política. El último artículo de Claudio Ojeda González, actual asesor del alcalde de Telde, parece moverse precisamente entre esa mezcla de nostalgia política, crítica feroz al actual Gobierno y memoria bastante selectiva.
Ojeda dibuja una España decadente, una izquierda irreconocible y una política convertida en un espectáculo de intereses, corrupción y supervivencia. Y seguramente en algunas cosas no le falte razón. Porque el desgaste institucional, el cansancio ciudadano y la pérdida de credibilidad de muchos partidos son evidentes para buena parte de la sociedad. El problema aparece cuando quien pronuncia ese discurso es alguien cuya propia trayectoria política también dejó bastantes cicatrices y contradicciones por el camino.
Porque conviene recordar que Claudio Ojeda no fue un mero observador de la política. Fue concejal de Urbanismo en Telde, consejero del Cabildo y posteriormente protagonista de una de las etapas más polémicas políticamente hablando en Las Palmas de Gran Canaria.
Su paso por el área de Urbanismo en Telde estuvo rodeado de fuertes tensiones políticas y enormes controversias sobre el modelo urbanístico y el crecimiento de la ciudad. Aquella época estuvo marcada por debates sobre suelo, recalificaciones, intereses urbanísticos y una presión política constante alrededor de uno de los departamentos históricamente más delicados de cualquier ayuntamiento. Finalmente, Claudio Ojeda terminó abandonando aquella etapa política en medio de un fuerte desgaste público y político, cuando las diferencias internas y la polémica ya habían convertido su continuidad en prácticamente insostenible. Aunque nunca existió una condena judicial que marcara aquella salida, sí quedó una imagen pública muy discutida de aquella gestión urbanística y de la conflictividad política que rodeó su etapa en el Ayuntamiento de Telde.
Y si aquello dejó huella en Telde, lo ocurrido posteriormente en Las Palmas de Gran Canaria terminó marcando definitivamente su imagen dentro del Partido Popular. Durante años, en ambientes políticos de la capital grancanaria, se habló abiertamente de transfuguismo político. De cómo terminó alejándose del PP y facilitando políticamente posiciones que beneficiaban a gobiernos socialistas, en abierta confrontación con la dirección encabezada entonces por Pepa Luzardo.
Un episodio que nunca terminó de explicarse del todo públicamente y que aún hoy sigue formando parte de la hemeroteca política de Canarias. Porque muchos dentro del PP nunca olvidaron que Claudio Ojeda acabó rompiendo políticamente con quienes le dieron espacio, confianza y protagonismo institucional.
Por eso resulta difícil escuchar ahora a Claudio Ojeda hablar de lealtades, principios y degradación política sin que muchos levanten una ceja. Porque la política tiene algo cruel: nunca olvida del todo. Y cuando alguien decide colocarse en el púlpito moral para repartir certificados de dignidad democrática, inevitablemente aparecen los recuerdos de su propia trayectoria.
El artículo de Ojeda también deja frases durísimas contra el Gobierno central, contra Ángel Víctor Torres y contra la actual dirección socialista del país. Habla de “golfos”, “comisionistas”, “mujeriegos”, “mentirosos” y de una izquierda que, según él, ha perdido completamente el rumbo. Un discurso que conecta con una parte del descontento social actual, sí, pero que también refleja el tono bronco y agotado en el que se ha instalado gran parte del debate político español.
Sin embargo, quizás la gran pregunta no sea si Claudio Ojeda tiene derecho a opinar —porque lo tiene, como cualquier ciudadano—, sino si posee realmente la autoridad moral para presentarse como ejemplo de coherencia política después de una trayectoria marcada precisamente por rupturas, cambios de alianzas y episodios que muchos dentro del propio PP jamás le perdonaron.
Porque en Canarias la memoria política puede ser lenta… pero rara vez desaparece del todo.
Juan Santana, periodista y locutor de radio
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